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Reforma Teresiana

Entre las reformas de la diferentes órdenes religiosas que tuvieron lugar en España durante el siglo XVI, la más conocida es, probablemente, la que surgió en el seno de la Orden del Carmen por iniciativa de Santa Teresa de Jesús. Ésta, después de haber dado inicio en 1562 al movimiento en el campo femenino, en 1568, con la colaboración de san Juan de la Cruz, suscitó algo parecido en el ámbito masculino de la Orden.

Los Carmelitas Descalzos se desarrollaron rápidamente como institución y en número, lo que los condujo en breve tiempo a constituirse primero como provincia y después como congregación, con una amplia autonomía dentro de la orden de pertenencia.

El 24 de agosto de 1562, con sólo 13 monjas, inauguró Santa Teresa de Jesús su primer convento de Carmelitas Descalzas, el de San José de Ávila. En la Cuaresma de 1563 fue a vivir allí con sus monjas y cambió su apellido de Cepeda y Ahumada por el de Jesús.

Santa Teresa de Jesús, al intimar con Dios topó con las almas: con la problemática pavorosa de su salvación o condenación. De un lado, Dios; del otro, esos tres mundos ilimitados de los paganos, de los herejes y de los simples pecadores. ¡Y en medio estaba ella! ¡Con infinitas ansias maternales y sin saber qué hacer con ellas! ¡Cómo salvar almas! Fue entonces cuando Dios, viniendo en ayuda de su fiel esposa, le manifestó su próximo y radiante porvenir con estas palabras: «Espera, hija, y verás grandes cosas» (Fundaciones 1,8). Porque esas grandes cosas eran su Reforma, de la que saldrían ejércitos de apóstoles que han trabajado denodadamente hasta nuestros días en aquellos tres mundos para reintegrarlos al Reino de Dios.

En su libro de las Fundaciones, santa Teresa narra también el momento en el que se propuso que su Reforma llegara incluso al Nuevo Mundo (Indias) con el propósito de llevar la salvación a las almas:
«A los cuatro años [de la Reforma], parece era algo más, acertó a venirme a ver un fraile francisco, llamado Fray Alonso Maldonado, harto siervo de Dios y con los mismos deseos del bien de las almas que yo, y podíalos poner por obra, que le tuve yo harta envidia. Este venía de las Indias poco había. Comenzóme a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina, e hízonos un sermón y plática animándonos a la penitencia, y fuese. Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí. Fuíme a una ermita con hartas lágrimas; clamaba a Nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo por ganar algún alma para su servicio, pues tantas llevaba el demonio, y que pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más.»

«Pues andando yo con esta pena tan grande una noche, estando en oración, representóseme Nuestro Señor de la manera que suele, y mostrándome mucho amor, a manera de quererme consolar, me dijo: “Espera un poco, hija, y verás grandes cosas.” Quedaron tan fijadas en mi corazón estas palabras, que no las podía quitar de mí. Y aunque no podía atinar, por mucho que pensaba en ello, qué podría ser, ni veía camino para poderlo imaginar, quedé muy consolada y con gran certidumbre que serían verdaderas estas palabras; mas el medio cómo, nunca vino a mi imaginación.»

Desde este importante momento Teresa de Jesús ya no descansará más hasta su muerte. De lleno entregada a la salvación de las almas a través de sus fundaciones, que irán surgiendo por los campos de España, como logrados frutos de su maternidad inexhausta: Medina del Campo (1567), Malagón (1568), Valladolid (1568), Toledo (1569), Pastrana (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas (1575), Sevilla (1575), Caravaca (1576), Villanueva de Jara (1580), Palencia (1580), Soria (1581), Granada (1581) y Burgos (1582).

La Reforma Teresiana se constituyó en provincia autónoma en 1581 y en congregación de observancia en 1587. Terminó configurándose como nueva orden religiosa dentro de la familia carmelitana el 20 de noviembre de 1593, once años después de la muerte de Teresa.

Teresa de Ávila no sólo dirigió su Reforma a las monjas, sino que también alcanzó a los frailes. La semilla que sembró en San José de Ávila alcanzó alturas que ella no pudo imaginar. Así, el Padre General de la Orden del Carmen, P. Rubeo, le concedió licencia para fundar otros monasterios reformados de frailes.

Fray Juan de Santo Matía, llamado posteriormente en la Reforma Fray Juan de la Cruz, fue el brazo derecho necesario para que la Santa iniciara el cambio entre los religiosos. Fray Juan contaba con un conocimiento profundo de la vida e historia de la Orden del Carmen y aportó, en el marco teresiano, soluciones propias, ideadas por él, que la Santa, por ser mujer, no se le podían ocurrir para la vida carmelitana reformada de hombres.

Apoyada en quien después la Iglesia llamaría San Juan de la Cruz, Santa Teresa inició su Reforma en una pequeña casa, dentro de un caserío llamado Duruelo, el 28 de noviembre de 1568. Allí, tres religiosos junto con san Juan de la Cruz tomaron de manos del Padre Provincial de los Carmelitas Calzados el hábito reformado, y solemnemente renunciaron a la Regla mitigada y prometieron la primitiva de San Alberto y aprobada por Inocencio IV. Este fue el comienzo de la Orden del Carmen Descalzo entre los frailes.

La semilla de la Reforma entre los frailes, lanzada con avidez por Teresa de Jesús y Juan de la Cruz en el vallecito de Duruelo, germinó tan pujantemente, que comenzó enseguida a multiplicarse. La vida de soledad y mortificación, de oración y apostolado, llevada por los primitivos descalzos, llamó mucho la atención en toda la región castellana y numerosos postulantes se acercaron a las puertas del humilde cenobio duruelense. Después de una visita al convento de Duruelo en 1569, el padre Provincial Fray Alonso González trató de impulsar el desarrollo de la Reforma. Para eso nombró Prior del Convento al Padre Antonio de Jesús, y superior y maestro de novicios al Padre Juan de la Cruz. De este modo, las primeras hornadas de Carmelitas Descalzos salieron íntegras de las manos expertas de Fray Juan. Todo esto hizo que la Reforma Teresiana fuese entre los frailes una realidad tan sorprendente como entre las monjas, y su desarrollo rápido y universal. Esta fue la Reforma del Carmelo que llegó a la Nueva España en el año de 1585.