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Origen de la Orden y su desarrollo hasta el siglo XVI

Históricamente el origen de nuestra Orden no puede determinarse con certeza absoluta. Dos opiniones hay acerca de este punto: la tradicional, que señala como fundador al profeta Elías; y la moderna, que señala que nuestra Orden tuvo su origen en el siglo XII, durante las primeras cruzadas.

Si bien San Elías no se puede considerar fundador en sentido estricto, se le considera fundador y padre en sentido espiritual, ya que es el inspirador y dechado de la vida de los Carmelitas, al igual que San Benito lo es de las diversas ramas de su Orden, o San Agustín, de los Agustinos.

1. La Regla Primitiva de los Carmelitas
Consta por los testimonios de la Epistola Cyrilli (opúsculo anónimo escrito poco después de 1247), que gobernando la Orden san Brocardo, el Patriarca de Jerusalén, Alberto, dio a los Carmelitas una norma de vida que constituyó su Regla Primitiva. Es san Alberto de Jerusalén quien le dio forma legal y aprobación canónica a la Regla Primitiva de la Orden.

Los años de patriarcado de San Alberto colocan la composición de la Regla entre los años 1206 y 1214. Como fecha más probable proponen los historiadores modernos el año 1209.

La primitiva Regla de los Carmelitas se distingue por su claridad y orden. Se pueden distinguir en ella, además de la dedicatoria, prólogo y epílogo, cuatro partes o capítulos principales. En el primero se habla de la organización jurídica de los ermitaños. El capítulo segunod trata de la organización externa del monasterio. El capítulo tercero regula la vida monástica interna; la última parte de la Regla propone los ejercicios de la vida espiritual personal de cada monje.

Respecto del sentido y espíritu de la Regla hay que hacer notar lo siguiente:
1) La Regla fue dada a Ermitaños que ya vivían de ese modo en el Monte Carmelo.
2) Por consiguiente, la Regla no introduce la vida eremítica; más bien la regula y confirma jurídicamente. Esto se deduce de aquellas palabras: “como me pedís una regla adaptada al fin de vuestra vocación, comprometiéndoos a guardarla en lo sucesivo”. En otras palabras, la Regla no constituye el fundamento de la vida eremítica de la Orden, sino su apoyo.

Cuando los Carmelitas pasaron a Europa y no pudieron observar su “propositum” de vida estrictamente eremítica, pidieron al Papa algunas modificaciones de su Regla, para que fuera adaptada a las nuevas circunstancias y le diera definitiva estabilidad. La ocasión se presentó cuando, a raíz de la prohibición del Concilio Lateranense IV (1215) de fundar nuevas órdenes religiosas, los Carmelitas fueron molestados por algunos obispos. Recurrieron entonces a la Santa Sede. El Papa Honorio III concedió la aprobación de la Regla de san Alberto el 30 de enero de 1226, por medio de la Bula Ut vivendi norman.

3. Traslado y expansión de la Orden en Occidente (s. XIII-XIV)
Lo que principalmente determinó a los Carmelitas a pasar a Occidente fue la persecución continua que los mahometanos promovían en Tierra Santa contra la Orden. Se concede así licencia para que algunos Hermanos abandonaran los Santos Lugares, volvieran a sus países de origen y edificaran allí monasterios de esta Religión.

Los primeros monasterios en Occidente, de los cuales tenemos noticia cierta y que son mencionados por Guillermo de San Vico, son: Frontanis (Chipre), Mesina (Sicilia), Valenciennes y Les Aygalades, cerca de Marsella (Francia).

En el año 1287 se contaban ya 9 provincias: Tierra Santa, Sicilia, Inglaterra, Provence, Tuscia, Francia, Lombardía, Aquitania, Alemania. Y para mediados del siglo XV la Orden constaba de 33 provincias.  

4. Mitigación de la Regla Primitiva
Algunas causas que motivaron la petición de modificar la Regla fueron: a) Se les decía que no podían continuar existiendo como Orden religiosa a causa de la prohibición del Concilio Lateranense IV. b) Como eran ermitaños, consideraban que sólo debían vivir en la soledad de los desiertos por lo que no los dejaban tener casas en las ciudades y poblaciones. c) Se les negaba el derecho de celebrar los oficios divinos para no disminuir los ingresos económicos de algunos párrocos.

Finalmente otras dificultades nacían del tenor de algunas prescripciones de la misma Regla de san Alberto que, dadas las circunstancias, no podían observarse como era debido. A este propósito escribe Siberto de Beka:

“Habiendo recibido los religiosos de esta Orden su Regla de manos del Obispo Alberto la experiencia continua y diaria les enseñó que algunos puntos de dicha Regla eran tan dudosos, que era necesario esclarecerlos o corregirlos; otros eran tan dificultosos, que precisaba mitigarlos”.

Todos estos motivos hicieron que san Simón Stock, siguiendo los deseos del Capítulo de Aylesford en el que había sido nombrado General, recurriera a la Santa Sede suplicando protección contra los enemigos de la Orden y la modificación de la Regla primitiva.

El 26 de julio de 1247, el Sumo Pontífice Inocencio IV encomendó el asunto al Cardenal Hugo de san Caro, titular de Santa Sabina y al obispo Guillermo, titular de Tortosa en Siria. Ambos prelados pertenecían a la Orden de Predicadores. Éstos, después de algunos meses presentaron al Papa la regla “declarada, corregida y mitigada”. Inocencio IV confirmó las modificaciones por ellos introducidas el día 1 de octubre de 1247, por medio de la Bula Quae honorem Conditoris omnium.

La Regla de san Alberto quedó sustancialmente íntegra. Con todo se le añadieron algunas cosas, se mitigaron otras o simplemente se modificaron.

Adiciones: Mención explícita de los votos de castidad y pobreza. Permiso de fundar en desiertos. La refección en común. La posesión de algunas cosas en común.

Mitigaciones: Quitando la palabra “siempre” se permitió: comer fuera del convento. Comer alimentos cocidos con carne y en los viajes por mar la misma carne. Se restringió el tiempo de silencio. Se mitiga la pobreza absoluta de la Orden.

Modificaciones. El rezo del Oficio divino. La distribución de las cosas comunes: se da a cada uno lo necesario por mano del prior, o por un hermano encargado por él para este oficio.

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